Campestre Alfonso Jaramillo

Sombras en el callejón

Por: laura sanabria

Cuento

El lugar era oscuro, el piso estaba frío, y me resultaba difícil no perder la cordura. Me sentía desesperada por no poder moverme más allá de estas cuatro paredes. Pero lo que más me atormentaba no era solo estar encerrada: al no encontrar nada que me distrajera, los recuerdos de aquel día en específico me estaban matando lentamente…

Se suponía que sería un día normal, tan monótono como el resto de mi vida. Sin embargo, al pasar por ese callejón oscuro presencié la escena más dolorosa de mi existencia: mi hermana yacía sin vida en el suelo, mientras un chico encapuchado permanecía frente a ella con un cuchillo en las manos ensangrentadas. No sé qué cambió dentro de mí en ese instante, pero la adrenalina y la rabia recorrieron mis venas. Al cruzar nuestras miradas tomé la decisión de correr hacia él y empujarlo contra la pared. Aunque intentó defenderse, no pudo detenerme; logré arrebatarle el cuchillo y lo hundí en su antebrazo, haciéndolo sangrar y soltar un grito desgarrador. Ese grito fue un llamado: una señora que pasaba cerca escuchó el alarido, volteó y me vio apuñalando sin control a aquel chico que me había arrebatado lo más preciado de mi vida. La miré, y lo único que encontré en su rostro fue miedo, un pánico absoluto, expresiones que nunca nadie me había dedicado antes.

Lo que sucedió después fue demasiado rápido. Cuando el chico cayó muerto, una docena de policías me rodearon con las armas en alto. Aunque intenté pelear para que entendieran que no había sido mi culpa, toda la evidencia me señalaba: las huellas en el cuchillo, el ADN en la sangre… todo apuntaba hacia mí, como si yo hubiese asesinado a mi hermana y a ese desconocido por el cual, debo admitirlo, no sentí ningún remordimiento.

Llevo dos semanas en este lugar, desesperada por salir y porque la verdad salga a la luz. Odio que ni siquiera mis padres me creyeran. No puedo aceptar que piensen que fui yo quien asesinó a mi hermana. Los recuerdos de su decepción y de su miedo hacia mí son heridas que nunca podré borrar.

No sé cómo, pero estoy segura de que en algún momento demostraré mi inocencia. Yo no debería estar aquí. Incluso la sociedad debería agradecerme por haber detenido a un asesino que quizás ya había cobrado otras vidas, o que podría haberlo hecho en el futuro. Suena difícil, pero estoy convencida: lograré salir de este lugar. Cueste lo que cueste.

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